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Ecología y Medio Ambiente en México

“No podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres”. “La idea de un crecimiento infinito o ilimitado, que ha entusiasmado tanto a economistas, financistas y tecnólogos, supone la mentira de la disponibilidad infinita de los bienes del planeta, que lleva a ‘estrujarlo’ hasta el límite y más allá”.

Las frases anteriores no son escritos de Ecologistas en Acción. Son citas textuales de la encíclica Laudato sí, sobre el cuidado de la casa común, del papa Francisco. Esta carta encíclica se hizo pública a mitad del pasado junio, generando bastante revuelo por lo avanzado de algunos de sus planteamientos ambientalistas, aunque también desde la óptica del ecologismo social adolece de graves carencias, como señalaremos más abajo.

Independientemente de que se compartan las creencias religiosas que de forma nítida se reflejan en el documento, lo cierto es que desde una institución como la que representa el Papa nunca se había mandado un mensaje tan rotundo y claro con un contenido tan inequívocamente ecologista y social. Se habla con claridad de la inmoralidad de la acumulación, de la rapiña ejercida por las transnacionales, de las limitaciones de la economía verde, de la necesidad del principio de precaución… Incluso se señala la necesidad de subordinar la propiedad privada al derecho universal de uso de los bienes comunes.

En no pocos casos, en la encíclica se reflejan planteamientos más avanzados que los defendidos desde algunas posiciones ambientalistas. Así, por ejemplo, se manifiesta contrario a la financiarización de la naturaleza al afirmar que “El ambiente es uno de esos bienes que los mecanismos del mercado no son capaces de defender o de promover adecuadamente”. También es contundente cuando señala que “el discurso del crecimiento sostenible suele convertirse en un recurso diversivo y exculpatorio que absorbe valores del discurso ecologista dentro de la lógica de las finanzas y de la tecnocracia, y la responsabilidad social y ambiental de las empresas suele reducirse a una serie de acciones de marketing e imagen”.

El contenido de la encíclica debería tenerse muy en cuenta en la próxima cumbre contra el cambio climático de París. Efectivamente, el texto muestra la falsedad de algunas soluciones como “La estrategia de compraventa de ‘bonos de carbono’ [que] puede dar lugar a una nueva forma de especulación, y no servir para reducir la emisión global de gases contaminantes”. O cuando denuncia que “El sometimiento de la política ante la tecnología y las finanzas se muestra en el fracaso de las Cumbres mundiales sobre medio ambiente. Hay demasiados intereses particulares y muy fácilmente el interés económico llega a prevalecer sobre el bien común y a manipular la información para no ver afectados sus proyectos”.

La mayor deficiencia de la encíclica –y se trata de un asunto capital– es que en temas de género sigue anclada en los posicionamientos patriarcales que siempre ha defendido la iglesia católica. No hay reconocimiento ni denuncia del injusto reparto de los trabajos de cuidados o de la desigual distribución del poder entre géneros, se mantienen las posiciones clásicas en cuanto al aborto y a la demografía. Es una pena que habiendo llegado tan lejos en su reconocimiento de cómo el capitalismo es un sistema contrario a la vida, el Papa no haga lo mismo con el patriarcado.